«La palabra mágica»

Mi nombre es Nela. Sé que en mis documentos oficiales pone Canela, pero no me importa lo que pueda poner, mi nombre es Nela.

Cuando era un bebé no sabía muy bien que quería decir Nela, pero lo escuchaba todo el día; Nela por aqui, Nela por allá, y allá que iba yo, torpe e imprudente por mi corta edad, tirándolo todo a mi paso, e incluso golpeándome con las puertas a veces. Entonces llegaba a tus brazos y me hacías carantoñas y, aunque tu ladrido no era igual que el mío o el de los otros perros, yo te entendía con tan solo ver tu mirada. Esa mirada me decía que me querías, que eramos un dúo inseparable. Cuántas veces habré oído Nela salir de tu boca, la palabra mágica que me traía regalos y tus caricias y que me hacía recordar que te preocupas por mí.

Fui creciendo y un día saliste de casa. No sé cuanto tiempo paso hasta que volviste, pero yo, mientras estabas fuera, me entretenía jugando sola y durmiendo a ratos. Cuando llegaste a casa yo estaba dormida y cuando escuché mi palabra mágica, Nela, no fue el mismo ladrido de siempre pero aún así yo corrí porque quería estar entre tus brazos. Cuando llegue a ti me apartaste; no había caricias ni regalos, algo había pasado, no sé que era, pero tú ladrabas y ladrabas y yo no conseguía entenderte. Solo quería que me acariciaras porque no lo habías hecho desde hacía mucho rato. Agaché mi cabeza y me di la vuelta pero me agarraste y seguías ladrando. Me tumbé en el suelo delante de ti, triste, sin saber qué hacer. No sabía qué pasaba, te marchaste sin acariciarme y yo me escondi debajo de una mesa. Esperé a que te calmaras y no salí de allí. Estaba asustada y, esperándote, me dormí allí mismo, sin moverme.

De repente escuché mi palabra mágica y levante alegre mi cabeza, pero no sabía qué debía hacer, si debía ir o no. Volviste a ladrar mi palabra mágica por segunda vez, y me levanté. Parecía que tu ladrido era como el de siempre, como cuando ladras para acariciarme. Volviste a pronunciar por tercera vez mi palabra mágica y está vez si era como siempre, salí corriendo todo lo que pude, me resbalé, pero rápido me incorporé para llegar hasta ti. Allí estabas, esperándome, esta vez para acariciarme. Yo te quise dar más amor aún y empecé a lamer tus manos dándote las gracias por acariciarme. Era feliz, muy feliz contigo y quería que tú me dieras solo tus caricias a cambio de nada.

Humano te daré un consejo: no uses mi nombre para regañarme, usalo siempre para cosas buenas, así nunca dudaré cuando me llames e iré siempre como un rayo allí donde tú estés, porque tú eres lo único que tengo en este mundo y quiero comprenderte. ¿Podrías intentar entenderme un poco más? Si no puedes no pasa nada, yo no te abandonaré y te amaré siempre.palabra

Deja un comentario